Halo de Luz

Azuluz de Pedro García Lorente

Halo de Luz

 

Ha llegado el momento. Maribel apaga el televisor y se retira del salón, no sin antes despedirse con el usual roce de los labios. Nos damos un abrazo sostenido y me quedo mirándola mientras camina hacia nuestra habitación, con pasos cansados. Me quedo solo.

 Un silencio ceremonioso me invita a un estado hondo de relajación. Sé cómo hacerlo. Un pacifista profundo, hace muchísimos años, nos reveló cuatro técnicas de meditación infalibles. Con los ojos cerrados es preciso concentrar la atención en un punto perfecto dentro de nuestro ser. Respirar conscientemente. No pensar. Mantener el cuerpo estático, pero absolutamente relajado. Dar rienda suelta al caballo loco que asalta nuestra mente con sus interminables imágenes, para luego dejarlo ir, no prestándole la más mínima atención. La práctica construye la perfección, y tantos años de meditación han hecho que para mi sea muy fácil desconectar y quedarme allí en silencio, sintiéndome, encontrándome con quien verdaderamente soy, en absoluta comunión con el universo.

En días difíciles, a pesar de la rutina laboral y cierta ausencia de voluntad, me he sentado largos minutos a presenciar el cosmos que existe dentro de mí. A Maribel casi nunca le da tiempo de sentarse a mi lado para meditar juntos. Está claro que debería acompañarla en las labores cotidianas, podríamos elaborar un horario, intercalar la faena. Pero no, ella se va haciendo cargo de todo, como una hormiguita incansable y yo termino fumando en la mesa de la cocina, contándole mis penas y sobresaltos, sin mover un solo dedo, mientras ella, a la velocidad del rayo, lava y seca la loza, pasa el trapo húmedo sobre la cocina, limpia con la esponja las baldosas, prepara la colada, barre, pasa la fregona y va pensando qué sencilla exquisitez preparar para la cena: “¿te apetece una tortilla de patatas y una ensaladita de atún? Hay media botellita de tinto en la nevera.”

La misma escena transcurría en la casa de mi madre. Papá frente al televisor, animando a su equipo favorito, con la botella de vino sobre la mesa. Mis hermanos en la calle, jugando con sus trompos y canicas o intercambiando cromos de álbumes insólitos. Y yo entretenido con mis historietas, repasando una y otra vez las mismas imágenes y sus textos. Más tarde el llamado “a comer” sin que semejante placer nos ocasionara el más mínimo esfuerzo. A veces era necesario levantarse de la silla, a regañadientes, para buscar el salero y complacer los paladares individuales de mi padre y mis hermanos, quienes nunca parecían totalmente complacidos con los sabores.

Ha llegado el momento de parar el carro. Hay demasiado movimiento gestándose a nuestro alrededor. Innumerables tensiones que crispan el sistema nervioso y bloquean el libre fluir de la sangre por las arterias. Estrés que causa incómodos dolores de cabeza y estómago. Noticias que vociferan sus maléficos presagios en todos los medios. Corrupción al alcance de la mano. Juicios interminables que nunca parecen dar con los culpables. Cierre de entidades bancarias que prometieron villas y castillos. Polémicos desahucios con trágicos finales. Despidos improcedentes. Huelgas. Y múltiples conspiraciones reproduciéndose en las redes sociales a gran velocidad. A veces no sabemos qué creer. El ir y venir de tanta información nos produce demasiada confusión y terminamos tapando nuestros ojos y oídos ante tal proporción de garabatos noticiarios.

Sabemos que lograremos nuestro objetivo de seguir siendo felices. No puede ser de otra manera. Encontrar trabajo, a nuestra edad, no es tarea fácil, pero debemos seguir intentándolo. Decía mi abuela que la fe mueve montañas, que no hay mal que dure cien años. Todavía nos quedan algunos meses de subsidio. Mientras tanto, es solamente cuestión de regresar mentalmente al tiempo previo a nuestro nacimiento. Venimos de las maternas y cálidas aguas de los vientres. Allí, sumidos en la plácida música uterina nos fuimos formando puros y maravillosos, en absoluta serenidad. Entonces, la llave para abrir todas las puertas y resolver todos nuestros inconvenientes seguramente está en el gesto de regresar mentalmente a ese tiempo perfecto. Vayamos allí. Cada uno por su lado. Y coloquemos nuestra atención en esa sencilla perfección. Hay música. Un sabor dulce de mieles de abeja reina. Un ritmo prodigioso que ofrece el corazón central de ese cuerpo generoso. Y luz. Una luz sobresaliente.

Me he quedado dormido en el sofá. Estoy soñando que, como mi abuelo Juan, vivo en un país caribeño. Hay palmeras llenas de cocos decorando una playa verdísima que rompe sus sonoras olas en la orilla. Una mujer morena, alta y muy fuerte, con un traje de suave tela blanca, clava su mirada en mis ojos y me dice que debo preparar mi equipaje, que tendré que regresar al lugar de dónde provengo. A lo lejos se escucha una antigua canción de Mocedades. Me dice que el viaje debo hacerlo solo. Y en mi sueño yo pienso. No. Si viajo con alguien será con Maribel.

La ventana muestra los primeros vestigios de un amanecer que se presiente limpio. Huele a café. Puedo escuchar el burbujeante sonido del agua que hierve y convierte ese polvo obscuro en el líquido más preciado. Varios pájaros dan a lo lejos un concierto matutino, guiados por la batuta del sol que se avecina. Es hora de salir a buscar trabajo. Cinco currículos descansan sobre la bandeja de la impresora. El último no ha salido. Se ha consumido la tinta. Así que tendré que parar a fotocopiar.

Toda la vida en la misma actividad. Mucha experiencia encontrando planes perfectos para las vacaciones inolvidables de nuestros clientes. Todavía no me creo la cara de mi jefa anunciándome la quiebra de la empresa. Y yo recogiendo en una caja pequeña, al mejor estilo de las series norteamericanas, las poquísimas pertenencias que durante años inundaron mi escritorio. Las fotos familiares. Las agendas desde 1990 hasta nuestros días. Lápices. Bolis.

Maribel ya había vivido la experiencia. Toda una existencia dedicada a encontrar la mejor combinación para cada clienta. Esta blusa azul con la falda blanca. Este pañuelo de seda acompañando el conjunto. Y el bazar chino de todo a un euro abriendo sus puertas inmensas frente a la tradicional tienda “Modas Manuel.”

Mi mujer se ha levantado hace rato. Lleva puesta la bata azul que sugiere todas sus formas. Su rostro sin maquillaje me sigue mostrando unos hermosos ojos también azules. Está más bella que nunca. Me recreo recordando su rostro adolescente. En el instituto solía observarla mientras, muy concentrada, buscaba horquetillas en las puntas de su rubia cabellera. Un ritual que solía mantenerla en silencio mientras esperábamos el sonido de la sirena que anunciaba la entrada a la clase. Las risas cómplices distrayéndonos de las fórmulas y los textos literarios. Nuestro único análisis consistía en revisarnos la piel, poro a poro, con suaves caricias inocentes.

Nuestra amistad creció intacta e irrompible en aquellos días de temprana juventud. Diarias caminatas por el mismo parque hasta alcanzar un espacio de hierba para echarnos a vislumbrar figuras fantásticas en las nubes. Las primeras bocanadas de humo haciéndonos toser. Los juegos del amor dando vueltas sobre la hierba. Besos y flores. El nuestro fue un amor extraño y tranquilo que nos condujo, sin apenas darnos cuenta, a un obligado matrimonio apurado por el embarazo que trajo a la luz a nuestro primogénito. No tardamos en construir una familia sencilla, prontamente bendecida por un segundo hijo. Alejandro, Samuel.

La rutina siempre desenmascara el amor, cuando el amor no es de verdad. Pero en nuestro caso la cotidianidad se llenaba de juegos creativos que alternábamos con la inmensa responsabilidad de salir a trabajar: ella en la tienda de ropa de Don Manuel, y yo en la agencia de viajes, soñando cada día con visitar un lugar diferente del planeta. Cocinar juntos, troceando las verduras entre risas. Memorizar nuestras canciones favoritas para cantarlas a dos voces. Leer el mismo libro al mismo tiempo, dándonos pausas para explicar puntos de vista o emociones. Ducharnos bajo las mismas aguas, fundidos en un abrazo intermitente. Tomar decisiones consensuadas sobre el presente y futuro de la vida en común, la educación de los niños, el cuidado de la salud, el trabajo, los planes vacacionales, la decoración del hogar. Asistir a los mismos eventos. Llorar las idénticas tristezas. Maribel siempre con la sonrisa perfectamente colocada en su simétrico rostro. Y muy de vez en cuando meditar al mismo ritmo.

Cualquiera podría pensar que miento. Ninguna relación puede ser tan armónica. Pero la nuestra lo ha sido desde que tengo memoria. Nuestras breves diferencias se han desvanecido entre el humo de un cigarrillo o el sonido del hielo en el vaso de licor. Una discusión acalorada siempre fue un intercambio de perspectivas sobre historia, cultura, política o religión. Pero ambos siempre tuvimos claro que ninguna diferencia de criterio podría hacer mella a la intensidad de nuestros corazones latiendo juntos, uno frente al otro sobre la cama, encima del sofá o en cualquier secreto lugar revelándose indiscretamente e invitándonos a sentir, a volar.

Nuestros hijos crecieron felices y se fueron temprano del hogar. Seguramente buscando horizontes más emocionantes. Encontraron sus caminos respectivos cargados de guitarras y sueños. Se establecieron fuera del país. El ordenador nos muestra sus rostros aventureros. Juegan a conocer el mundo. A enamorarse y desenamorarse. La música es el hilo que les ha tejido las almas para no separarse jamás.

Una vida puede resumirse en pocas palabras, si esa vida ha sido simple y placentera. La nuestra ha resultado hasta ahora una caminata serena, apoyados el uno en el otro. Hemos construido esta casa llena de ventanas, con patio y jardín. Les hemos dado a nuestros hijos música, lectura y pan. Nuestros oídos para escuchar sus sueños y nuestras palabras para enseñarles sobre el amor y el perdón. Los chicos son creativos y solidarios. Inteligentes. Críticos. Y sobre todo conservan la ilusión que da la juventud.

Mi mujer sigue distraída en sus asuntos. Y yo la miro. Estoy seguro de que la conocí en otro tiempo. Lo he soñado alguna vez. Nuestra historia procede de unos miedos antiguos que hemos tratado de disipar siempre juntos.

Debe haber alguna pieza de nuestro rompecabezas que no ha encajado en todas estas vidas. Si lográramos dar con ella, estoy seguro de que terminaríamos fundidos en un universo paralelo, donde flotaríamos en otra realidad menos densa, integrándonos al plan maravilloso de la galaxia.

Me siento un poco desorientado, por más que le doy repetidamente los buenos días, ella, simplemente no me responde. En su rostro no hay signos de ninguna emoción. No parece feliz. No parece triste. Hay algo en su pelo, creo que es un halo de luz.

 

Rosa María Ramos

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4 comentarios sobre “Halo de Luz

  1. ¡Ay Rosi, que final más estremecedor, se me han parado los pelos! Me ha gustado mucho el relato, eres una magnífica escritora amiga. Besitos mil

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